viernes, 28 de octubre de 2016

Los Espíritus del Campo...



Amarillo. Motas amarillas y naranjas.
Eso era lo que veía bajo los párpados cerrados al sol de primavera. Se estiró como si fuese un gato a los pies del árbol fresco y suspiró con alivio, mientras abría los ojos para observar la ropa puesta a secar que se mecía suavemente por el viento. Había terminado su tarea, sonrió.
Sintió cómo en pocos segundos los nubarrones se apoderaban de todo el sol de la tarde ensombreciéndole el rostro, e inhaló fuerte con la nariz, olfateando la llegada de la lluvia.
-        Entrá adentro, mi niña, que ya los huesos me empezaron a doler.
Gritaba una señora mayor desde una ventana a la vez que agitaba un frasco de dulce. Entró a trote por la puerta abierta siempre a los visitantes, mientras la mujer le empujaba  a regañadientes para que se lave los pies descalzos, mitad bruscamente, mitad con el cariño de una madre.
-        ¿Dónde están tu hermano y tu padre?- preguntaba la señora preocupada secándose las manos con un trapo hecho de retales de tela descoloridos.
-        Salieron a vender los dulces- respondió la joven temblando un poco, nunca le habían gustado las tormentas primaverales del lugar, y mucho menos sabiendo que su familia estaba fuera en los peligros de la intemperie.-¿Se viene tormenta?
-        Y qué tormenta, mejor vení a ayúdame a coser éstas medias que están cada vez peor.
-        Podría ir a ayudar con las vacas…-susurró sin fé sintiendo la gélida mirada de la nana que ya preparaba un manotazo previendo sus intenciones.- sé montar.
-        Si sabrás montar vos, andá a buscar el costurero,dale.- habló la anciana retorciendo el pañuelo en advertencia de que no la contradijera. Y la joven, tragándose su capricho, no dudo en obedecer.
La tormenta acaecía sonora, tiñendo la vieja estancia de matices azules y blanquecinos con cada rayo que tajaba el cielo y se clavaba cercanamente en la tierra. El viento silbaba por el vidrio roto de uno de los portones de la galería y la joven no podía evitar echar ojeadas por la ventana a la espera de que alguna luz mala se paseara por los campos.
Con los sentidos a flor de piel como solo el miedo provoca escuchó el casco de los caballos a lo lejos y corrió hacia la puerta.
-¡No vayas! – Gritó la Nana tironeándole de una trenza.
- ¡Es papá! ¡va a llegar empapado!
-No es tu padre, no es nadie. Anda a tirarle unas ramitas al hogar que hace frío, dale.
Juntas se sentaron frente al fuego sin hablar mientras caía la noche, con los ruidos de la naturaleza rezumbando en sus oídos y sumidas en una penumbra que solo era amedrentada por las cálidas brasas del hogar , la muchacha jugueteaba con los tesoros del viejo costurero, trozos de cintas amarillentas por el tiempo, alfileres con delicadas puntas moldeadas, sobres de agujas con publicidades antiguas y lo más hermoso: Botones. Botones de todas las formas y colores, perlados, veteados, como flores, de madera, de plástico y de tela bordada a mano, los había grandes y pequeños, pero los más hermosos eran unos escondidos en una bolsita de seda gris, tallados en forma de corazón sobre una madera oscurecida. La anciana vio como los admiraba y cómo los había admirado desde pequeña cuando jugaba con el costurero, y ya viéndose demasiado vieja como para irse a la tumba con los misterios del campo decidió contar la verdad.
-Esos son de tu tía-abuela ¿Sabías?- sonrió mientras mezclaba unos yuyos para el té.- Se parecía a vos, ella se colgaba los botones esos en las trenzas, una loca linda.
- Murió muy joven…- comentó la chica dejando de prestarle atención a los botones y alzando la cara iluminada por el fuego, era igual a ella, la misma nariz  respingona, los mismos pómulos altos y la idéntica palidez rosácea. La Nana hizo un gesto amargo bebiendo la infusión y optó por dejarla sobre la mesa.
-Te voy a contar una historia, pero queda entre vos y yo.- sentenció, perdiendo la vista en la ventana relampagueante.- Tu abuela no murió como todos dicen.
- ah ¿no? – preguntó la oyente sin mucha importancia, la historia era vieja, no la conocía bien y no había nacido para el momento de los hechos, pero algo capturó su atención cuando la anciana dijo por lo bajo como quien cuenta un secreto, iluminándole la mirada:
-Se fugó por amor…
… Todo empezó cuando compraron las tierras en las que hoy estamos. Tu bisabuelo era un gran capataz, era muy duro con sus empleados y también con su propia familia, pero siempre un hombre muy trabajador. Su favorita era su hija mayor, María, un pajarito muy soñador que volaba alto, y tuvo la desdicha de pasar mucho tiempo aprendiendo a montar cerca de donde un muchacho ignorante de cara y manos sucias arreaba el ganado.
Yo para ese entonces era una nena, comencé a trabajar de muy jovencita como mis hermanos, nuestras madres nos mandaban a las casas de la gente más pudiente en cuanto sabíamos montar para que aprendamos la virtud del trabajo y nos alejásemos de la pobreza, lavábamos la ropa hasta que las manos nos escocían y nos pegaban en los nudillos si holgazaneábamos, pero los más afortunados estábamos protegidos, y encontrábamos patronas que casi sentían algo de compasión maternal, no me puedo quejar de tu bisabuela, si alguien le dio alas a la muchacha fue ella.
A los 7 años era la encargada de cepillarle el cabello a tu abuela antes de que fuera a la cama, 100 cepilladas para la suerte, y escucha de la tristeza por  su amor prohibido, y es que estaban realmente enamorados y deseaban con su puro corazón casarse de una vez por todas.
Tu abuela siempre regresaba a casa con un ramito de flores frescas, de esas que crecen en el verano en éstas tierras, y pasaba las tardes enteras paseándose descalza por el pasto y viendo las formas de las nubes. Nunca volví a ver a alguien que tuviera metido el espíritu del campo como aquellos dos, corrían a escondidas como salvajes, como hijos de la tierra misma, la Señorita volvía a casa sucia de jugar en la tierra y en el pasto, marrón y verde y con las medias rotas en las rodillas, pero con la sonrisa más radiante de felicidad.
José, ya por entonces un muchachito de 18 años bien formado, en un ataque de pasión llevó a María a jalones hasta donde su padre estaba supervisando, y ahí, de rodillas y poniéndose a entera disposición de que lo matara si quisiese, le rogó que le diera la mano de su hija.
El Capataz estaba hecho una furia, y escupía espuma de la rabia, luego de darle unos buenos palos a José y una cachetada limpia a María que le voló los preciados botones del pelo sentenció su decepción sin siquiera mirarlos.
“O te alejas de mi hija, o se van los dos de mis tierras en este instante”
El recuerdo patente de esa frase aún resuena pesado en mi pecho como cuando la escuché a escondidas tras las enaguas de la patrona, que no dejaba de llorar en silencio.
La tormenta estaba avecinando, y el cielo se puso gris como si llorara la decisión del Capataz, pero José no lo dudo un momento, mirando la roja mejilla ardiente de María, y con el orgullo de todo un hombre la montó en su caballo y marcharon juntos al galope mientras se desataba la tormenta sin más que lo puesto.
Tu bisabuela aceptó la decisión de su marido, pero jamás lo perdonó, a pesar del clima lloró amargamente a su hija y recogió los botones, cuidándolos todos estos años en esa bolsita de seda.
Nunca los volvieron a ver, a ninguno de los dos, pero los chismes se los lleva el viento, algunos dicen que se casaron y vivieron honrosamente trabajando en la casa de un buen hombre, otros que la tormenta nunca los dejó irse.
Dicen, que en las lluvias como ésta, cuando ya cae la noche y afinas el oído, se escucha el caballo en el que ambos huyen lejos, en mitad de la tempestad…

El fuego se consumió dando por terminada la historia, y la anciana, secando una escurridiza lágrima en recuerdo de su amiga se preparó para ir a dormir.
-Podes quedártelos.- Dijo en voz queda.- Son tuyos


La joven nieta escuchó silenciosamente la historia, y quedo sola en el inmenso comedor, con el frío calándole los huesos, hasta que optó por acostarse. Llegada a su alcoba y sin poder conciliar el sueño se paró con decisión y abrió la ventana de par en par, dejando que las gotas heladas empaparan su rostro y el viento se colara violentamente, con la salvaje belleza de la tormenta. Esforzó su vista, pero no consiguió ver nada, aunque la lejana cabalgata de un caballo solitario le recordó la historia de su Nana y no sintió miedo, sino un orgullo en el fondo de su alma; se quitó los botones del cabello y los dejo sobre el marco de la ventana, sintiendo en su pecho los golpeteos del caballo, como supuso,  la tormenta se llevó esas promesas de amor consigo la mañana siguiente, y nadie jamás los volvió a ver.

8 comentarios:

  1. Precioso relato, Sabrina. Muy bien contado, además. Si hasta parece que uno estiviera allí, sentado junto al fuego, escuchando a la mujer narrar lo de su hermana.
    Saludos.

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  2. Muy bonito, la tormenta te engulle. Pero como se llama el enamorado José o Juan?
    Un beso

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    1. Hola! la verdad hubo cambio a ultimo momento, que vergüenza, me lo salteé jaja Gracias por comentar y por leer (:

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  3. Me encanta, es precioso. Acabo de descubrir tu blog y ya te digo que me tendrás por aquí a menudo porque creo que es muy original.
    Por aquí te dejo el link de mi blog por si quieres pasarte a echarle un vistazo y si te gusta seguirme de vuelta: http://booksxland.blogspot.com.es/
    Besos, xxL.

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